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Diario YA


 

José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

LOS NIETOS DEL 68

Manuel Parra Celaya. Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo estriba en que, junto a la prédica constante de la libertad sin límites y la consiguiente ocultación de la noción de responsabilidad, nunca la sociedad había estado tan constreñida por las prohibiciones.
    Una gran mayoría de estas tienen duro carácter coercitivo y vienen publicadas en las numerosas normas, decretos, leyes y reglamentos que cada Poder Establecido aplica en el ámbito que le ha sido encomendado; no es extraño que vengan seguidas, sin solución de continuidad, de multas, sanciones, penas o castigos en general a que puede llevar su incumplimiento; se extienden, así, a todos los campos, y sus fundamentos los podemos encontrar fácilmente en las Ideologías Oficiales, que tienen la característica de transformar las ocurrencias en verdaderos dogmas inapelables.
    Los que ya peinamos canas recordamos aquel famoso eslogan del mayo parisino de 1968 que proclamaba un “Prohibido prohibir”, que se convirtió en consigna de una generación deslumbrada por la asonada francesa y del que hicieron luego seguidismo demagógico la segunda generación de progres; más tarde, en nuestros días, la tercera generación, los “nietos del 68” encaramados en el poder ha descubierto el placer de mantener sumisa a toda una población bajo el imperio de sus mandatos.
    La que hemos llamado primera generación se había empapado de Marx, de Freud, de Sartre, y tenían como maestros a los nuevos maestros de la sospecha (Foucault, Levi-Strauss, Marcuse, Lacan…), pero los hijos de aquellos contestarios ya fueron menos leídos, como se dice popularmente, y los nietos, los actuales autócratas, ya han desistido de fundamentar sus ideas en aquellos lejanos mentores, y se conforman con aceptar lo que les redes sociales les proporcionan de Judith Butler, de Ibram X. Kendi,  de Crenshaaw o de Grosfoguel, que les permiten avanzar en el camino de los disparates woke y aplicarlos a sus respectivos ministerios.
    Lejos de este humilde articulista cualquier veleidad ácrata; por el contrario, fue creciendo con un entendimiento bastante claro de la necesidad de hermanar libertad, responsabilidad, valores éticos y disciplina, sobre todo esta última cuando tiende a constituirse, interiorizada,  en autodisciplina racional, indispensable para la convivencia entre las personas; y no hizo falta que viviera la experiencia del Servicio Militar ni que las antiguas leyes pretendieran limitar mis actividades en política, sino que los principios fueron instalados desde la familia, el aula y el tiempo libre, es decir, todo aquello que actualmente está sujeto a un proceso inmisericorde de deconstrucción. Quizás mis desahogos actuales tienen un origen ancestral, puramente carpetovetónico, que opone la “real gana” española a las imposiciones…
    Así, por ejemplo, no me hacía ninguna falta un cartel prohibitivo que proscribiese arrojar papeles en la vía pública, ni que me recordara no ensuciar los parajes naturales con los restos de mi almuerzo; no se había inventado el Ecologismo integral, pero sí había sido educado en la “defensa de la Naturaleza”; y acabo de pronunciar la palabra mágica: educación, que contrasta con la de prohibición, la preferida de los nietos del 68. Mucho me temo que, actualmente, la educación queda reducida a una mera instrucción, eso sí, bajo los dictámenes oficiales.
    Pero las imposiciones no se limitan a las conductas presumiblemente punibles. En ansia de prohibir, delimitar, legislar y delimitar no se concreta ahora al ámbito social, sino al personal y familiar, con seria amenaza de invadir incluso las esferas de la intimidad. Se marcan comportamientos, procederes, sentimientos y pensamientos, que deben estar de acuerdo con las improntas dadas desde las cúspides, y fuera de ellas todo es llanto y rechinar de dientes. La libertad profunda y verdadera está proscrita y su uso es considerado, por lo menos, como un error que cae dentro de la consideración de disidencia.
    Una nueva inquisición planea constantemente sobre nosotros y nuestras conciencias alienadas, y, como en la histórica  -por lo menos esa que nos mostraron los libros escritos en la nefasta época romántica- hay que tener mucha precaución con las delaciones del vecino, si este constata que atentamos contra esos dogmas establecidos; hasta para contar un chiste en voz alta en la tertulia de amigos, es preciso mirar antes alrededor, no sea que en la mesa vecina nuestras palabras puedan resultar incómodas a otros; no sé si se han dado muchos casos de llegar a la denuncia ante los agentes de la Ley, pero lo cierto es que existe una autocensura que constriñe nuestras palabras. Y esto ha sido el ideal de cualquier forma de absolutismo dictatorial a lo largo de la historia, sin que se hubiera conseguido hasta llegar (insisto en la paradoja) a esta supuesta “democracia”.
    Por supuesto, desde mi libertad, no dejo de proponer a quien mi quiera escuchar la más clara actitud de rebeldía, que coincide con lo que se está llamando el Disenso desde la perspectiva de muchos pensadores no colonizados. Junto con la gran esperanza de que los nietos del 68 vayan siendo desplazados de sus cátedras y púlpitos, privados de sus altavoces, y que un nuevo panorama antropológico, ético y político recorra nuestras calles y plazas. Entonces, habrá que volver a educar en la libertad a las futuras generaciones.
 

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